La falsa familia
No sé si todos los que residimos en otra provincia que no sea Buenos Aires tenemos la misma fantasía de irnos a vivir allá, a Capital Federal. Ese fue mi sueño desde que papá me habló, cuando tenía dieciséis años, de que estaba en edad de empezar en el negocio familiar. Era una ferretería que había pasado por cuatro generaciones ya, y amenazaba con volver gris y aburrido mi futuro. Yo soñaba con negocios millonarios, quería vestir traje y corbata y manejar mi auto último modelo, Mi vida tenía que ser salir de fiesta todos los fines de semana y llevar cada sábado por la noche una chica distinta a mi cama. Todo ello sería imposible si trabajaba en la ferretería. La familia no me interesaba en lo absoluto, de hecho, siempre me trataron como basura, y papá arreglaba las cosas conmigo sólo porque sabía que dependía de mí para mantener su estúpido negocio. Yo quería éxito e independencia, por eso ahorré durante dos años y a los dieciocho me fui a vivir a Capital Federal con mi amigo Cristian.
Obvio que me comí muchísimas puteadas, principalmente de papá. Eso fue un empujón anímico importante para seguir. Si mi viejo se oponía era señal de que iba por buen camino. Aunque el lugar a donde nos íbamos estaba lejos de ser el ideal, era apenas el primer paso. Una habitación en alquiler. En la casa de una directora de colegio viuda y embarazada, que necesitaba plata y compañía. Claro, no era ni por asomo lo que quería, ni siquiera lo que imaginábamos siendo realistas, pero la crisis del 2001 causó estragos y no fuimos la excepción. A pesar de las dificultades Cris y yo no abandonamos nuestro sueño y nos fuimos a la casa de la bruja, abandonando en Córdoba a nuestra familia, dejando atrás los reclamos, las discusiones y los trabajos monótonos y aburridos.
Con Cris decidimos ser personas decentes durante el tiempo
que estuviéramos allí, sin importar lo tentador que fuese molestar a aquella
bruja. En esa época, ser directora de escuela la convertía en una especie de
demonio para nosotros. Si nos mandábamos una cagada de entrada podíamos dar por
hecho que la vieja nos devolvería de una patada en el culo. Por eso seguimos
viviendo igual que cuando estábamos en el pueblito, aunque con un poco más de
libertad. Dejamos para más adelante las
fantasías de fiestas, alcohol, chicas y marihuana. Todo lo que llamaba la
atención de los jóvenes era una señal de alerta en nuestra nueva vida.
Ella nos recibió con cordialidad, pero se le notaba cierto
desgano, nos trataba como si fuésemos alumnos de su colegio. Nos dio un juego
de llaves para los dos, nos mostró la habitación que estaba bastante bien (dos
camas, ventana, armario y escritorio) y nos contó que en pocos días pasaríamos
a ser cuatro. Ya casi estaba en fecha. Esa noche íbamos a salir a cenar con
Cris, una excusa para recorrer un poco la ciudad con la que siempre habíamos
soñado. Estábamos terminando de acomodar nuestras cosas, apenas habían pasado
unas horas de nuestra llegada, y todo se complicó. La señora, Victoria, rompió bolsa
y le agarró un ataque de pánico. Se negó a ir al hospital. Y nosotros, sin
saber qué hacer, llamamos a la ambulancia demasiado tarde. La nena nació ahí,
en nuestra nueva casa. Algo así, quieras o no, te cambia para siempre. Apenas
habíamos llegado y ya teníamos un vínculo especial con la bruja. En nuestro
primer día tuvimos un bebé, rompimos el record de cualquier relación. Me
hubiera gustado contarle eso a la santurrona de mamá, o al malhumorado de papá,
escuchar sus reacciones de asombro y de espanto, pero nunca tuvimos una
relación donde se compartieran ese tipo de cosas. Al único que tenía era a
Cris, un pibe que recién cumplía la mayoría de edad y estaba tan perdido como
yo.
Las semanas que siguieron fueron difíciles. Conseguimos un
trabajo aburrido, como del que escapábamos. Apenas podíamos dormir, como antes,
aunque ahora no eran los gritos de nuestros respectivos padres discutiendo
hasta la madrugada, sino los llantos de una bebé que pedía comida cada dos o
tres horas. Era imposible ahorrar dinero, sin importar cuánto lo intentáramos.
Sin darnos cuenta nos vimos comprando pañales y ropa para recién nacidos.
La quisimos desde el primer minuto, nos habíamos convertido
en una extraña familia. Y la directora se comportaba igual, se apoyaba en
nosotros para poder descansar un poco y nos compartía el crecimiento de su
pequeña Lucía. Me acuerdo cómo me llamó llorando, contenta, cuando la niña
había dado su primer paso sola. Y cuando dejó de amamantarla. Para cuando
arrancó el jardín, yo estaba en un call center, Cris en un quiosco, y ambos
faltamos a nuestros trabajos para acompañar a Victoria. Ya teníamos dinero
ahorrado, podíamos alquilar tranquilamente un departamento para nosotros, pero no
queríamos irnos. Y ella tampoco quería que nos fuéramos. Lucía nos llamaba
tíos, y la relación familiar se mantuvo hasta que Victoria se puso en pareja de
nuevo. Cuando decidió mudarse con él, nos ofreció quedarnos con la casa, pero
rechazamos y ahí sí nos fuimos a nuestro propio espacio. Ella vendió la casa. Como
era de esperarse el lazo no se rompió, todas las semanas nos dábamos una vuelta
para ir a comer y ver a la nena. La acompañamos durante su escolaridad, nos
pusimos celosos cuando tuvo su primer novio y fuimos de los primeros a quienes
llamó cuando le rompieron el corazón. Nunca supimos nada del padre, sólo que
había muerto un tiempo antes de que nos mudáramos desde Córdoba. Tampoco
preguntamos. No sabía los motivos de Cris, yo no lo hice porque en mi
imaginación era una especie de padre de la niña.
El día que inauguraba la consultora, un emprendimiento
propio, se convirtió en el peor día de mi vida. Recibí el llamado de Victoria,
con una noticia que nunca imaginé que iba a escuchar. Lucía se había ido para
siempre, víctima de un accidente automovilístico. ¿Tenía que avisarle a Cris o
lo haría ella? No sabía, pero lo llamé igual. Quería estar sólo, aunque en un
momento así tampoco querés y necesitás a alguien. Hablo por altavoz con mi
amigo mientras manejo sin rumbo, pensando en Lucía. Una vida tan corta, con tantos
sueños y un futuro que nunca se va a desarrollar. Sin darme cuenta llego a la casa que nos
recibió al llegar a Buenos Aires, donde formamos esa extraña familia. El
semáforo en rojo hace que me detenga a unos metros, la observo por el espejo
retrovisor. Una mujer está entrando, ahora hay otra. Escucho una bocina que me
apura. El semáforo se había puesto en verde. La vida sigue, y tengo que
avanzar.
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